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Fue una historia peculiar, siempre creí que algunas eventualidades serían imposibles si los presenciaba en sueños, y que si me equivoqué por donde mis cenizas quedaron esparcidas pues que más da, por muchos siglos que tuviese aún logran ser confusas partes claras de lo que suele ser un regalo para los mortales.

El turbio modo de sobresalir estando completamente solo, los he visto por tanto tiempo entre los silencios, frecuentándolos en las noches que la tristeza debería salvarlos o quizás terminando de devorar la poca esperanza en su carne, la culpa y la verdad que en sus manos quedó, la imperfección que vivía de lamentos y cosas rotas. Sólo vagando por este eterno río de almas y energía, tocaba su cauce todas las noches en búsqueda de un nuevo lenguaje, pero no importaban las aguas en las que ahogaba mis blanquecinos dedos, era la misma devastación en una túnica obscura, vivir sin un fin era una causa de la perdición y liberación, a qué precio dejaba de sentir por la perpetuidad?. Una noche quizás perdido de intuición, sin prestar atención a mi fallo y un prematuro uso de persuasión por algo que podría ser más brillante que la misma magia de las flores nacientes en lo adverso, mi corazón se había hecho polvo en cada partida y vuelto igual que un cactus sediento.

No había palabras más allá del remanente continuo por humos cuando solía mandar las palabras y miradas en trozos de suspiros que al aire caían, una espera que bien adornaba el fin de un distante encuentro. Suspiros del mismo dolor, la misma parte de la confusión y el espasmo del amanecer al cubrir la necesidad de llenar los vacíos, el crecer era más fácil que notar la verdad que siempre estaba tras un velo. Los movimientos lentos, frases espontáneas al sonar del tic tac del reloj, todas esas ideas confiadas detrás del corazón enviadas sin moralidad, como si la longevidad volviera un tanto complicado el origen de mi paseo. Su voz llevada por los vendavales, mi impedimento del surgimiento, ¿que tan tarde podría llegar para que comience su olvidó?, estúpida duda, ¿que tan despistado puedo ser antes de perderla?, de cuántos diluvios ha sobrevivido como para rescatar su luz con tan solo sonreír y mirar el cielo?

La razón de querer recuperar la lección, quitarse la tinta del daño y parafrasear una vida, pero que mayor engaño que cegarse a la verdad, comenzando por el roce en cada despertar, ya había soñado con su voz y por el furor de su visita, como no sería posible el sobresalto por un riesgo de locura por competir, que tan largo puede tornarse esto que ya no confía al caer el rayo matutino. Conocer, desfallecer, la mueca grata de una foto que bien por tiempo desprendió del aparador las penas y que por descaro e improvisación posan en los labios convenciendo que todo irá bien. Una fuerza implacable, la tomé, la seguí, no me había dado cuenta que mi bienestar estaba al azar de un pulsar, una suerte que volvía todas las mañanas y se marchaba sin avisar, procurando no quererla más hasta regresar en cada viaje matinal.

Preferiría ser suave a atormentar los cielos por certezas difusas, no lo negaré, había usado un camuflaje en frente de todo, pero sus palabras desnudaban más y mas, ya no mostraba resistencia, una torpeza cotidiana se había hecho realidad con solo la paz de un romance disfrazado. Brillo de ultramar y un ágil saludo, la diversión de una atmósfera de huida hasta situarse y perecer al ocaso del reflejo que todos los días veía, que si de verdad era un escape, que fuese por ella y no por cobarde, que si me lleva pues que me arrebate la vida y cuente los pasos por la niebla o la penumbra, mirar por primera vez sus ojos, llamar a la puerta o salir por fin de una espera en ansiedad.

Una mirada al abismo, ese día me quede de frente a el, tocando fondo al final de lo que fue lo mejor, oscuro y sin pena, un mundo en la parte trasera que jamás olvidaría, ¿Que promesa estaría a punto de decir? Siempre fue interesante la muerte antes de presenciarla, pero cualquiera moriría acostado junto al abismo. ¿Cuál era la importancia de darle esperanzas a mi vacío? Podría huir y llevarse todo sin objeción, regresar cien años después y el ayer pudiese haber florecido si con su voz quisiera quedarse, mi última flor del árbol seco de mi corazón se abriría en su nombre.

Porque ya lo veía venir, tan sigilosa como aquel rayo en la tormenta, que cuando me di cuenta ya me había destrozado medio corazón…

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